Investigación sociológica y artística en niños y ancianos sobre las dificultades, uso y mejoras de las ayudas técnicas
Han
participado en este proyecto de la Fundación Belén
Leticia Escardó
Dirección del proyecto
Grupo
de Expertos
Dra
Margarita Revenga
Profesora de Psicología. Universidad Complutense de Madrid
Enriqueta Antolín
Escritora
Monserrat Palau
Pintora
María Ruíz Sastre
Socióloga
Instituciones participantes:
Colegio Berriz
Colegio de las Irlandesas
La Moraleja Centro de Mayores
Residencia de la Tercera Edad Las Rozas
Residencia ASCAO (Comunidad de Madrid)
Centro de Mayores Canal de Panamá (Comunidad de Madrid)
Por
la Fundación Belén han participado
Constanza
Zapater, Relaciones institucionales
La Fundación Belén ofrece información
y formación gratuitas a familias con hijos con problemas. A nuestra fundación
han llegado en los últimos años, muchas familias con quejas de este tipo:
- Le dijeron unas niñas
nada mas llegar al recreo “cuatro ojos¡”, entonces se quitó las gafas especiales
y hasta hoy”.
-“Lo más difícil para admitir la
propia silla de ruedas y quitártela de
la cabeza, es soslayar por la calle las miradas de conmiseración”.
-“Tiene que quitarse la prótesis por
la noche para que el muñón respire y descanse, pero no quiere por temor a que
alguna de sus compañeras la vea dormida”.
-“Sí oigo mejor, pero no quiero que
se me vea la prótesis”
-Mi padre me dice: “No pienso
utilizar ese andador porque parece un taca-taca de niño”, y prefiere quedarse
inmóvil en su butaca.
Es decir no basta con que existan
ayudas técnicas y que el producto sea bueno y necesario, para su normalización
vital entendemos que es preciso modificar la mirada social hacia las ayudas
técnicas.
Los testimonios que nos llegan de
quienes necesitando ayudas técnicas
padecen cierto rechazo en su uso, son demasiados.
En todos estos testimonios el factor
común es el miedo al otro, vestido unas veces de amor propio y otras de
vergüenza, pero el temor, al final, es siempre la mirada ajena. Es miedo al
rechazo y a la compasión: “Si viviera en una isla desierta...no me importaría.
Pero bueno, este miedo al “que dirán”, es sólo al principio, luego no es que te
acostumbres, es que te acorchas. Hay tanto dolor por ti mismo, por tu futuro,
por las puertas que se cierran, que de la mirada ajena te olvidas y al final te
dá mas rabia la mirada compasiva”.
Pero afortunadamente vivimos en
sociedad. Y debería ser la sociedad quien debería hacer más fácil la
utilización de las ayudas técnicas puesto que existen y se ofrecen como
alternativa a la discapacidad.
Las preguntas que se planteaba la
Fundación Belén al iniciar este proyecto eran: ¿Cómo se miran hoy las ayudas
técnicas? ¿Se puede aprender a mirar con admiración las ayudas técnicas en la
discapacidad, tal y como se miran hoy, por ejemplo, en la investigación (un
telescopio o a un microscopio)?. ¿Hay miedo al “qué dirán”?. Tras evaluar las
encuestas y sobre todo después de mirar y admirar los prodigiosos dibujos que
los niños han realizado las preguntas que nos planteamos son otras: ¿ No sería
necesario mejorar el diseño de ciertas ayudas técnicas?, ¿No será beneficioso
para todos –niños, jóvenes, adultos y ancianos- proponer como modelo social la
capacidad de superación y de esfuerzo que realizan los discapacitados en el uso
de las ayudas técnicas?
La razón fundamental del proyecto ha
sido y es poder reunir una serie de recomendaciones para aprender a mirar las ayudas técnicas con
normalidad. Si cabe con admiración.
Entendemos que es conveniente
explicitar los beneficios que aportan las ayudas técnicas en todos los momentos
de la vida. Cómo un buen diseño beneficia a todos y por supuesto más a quien necesita suplir una carencia física,
momentánea o a lo largo de toda su vida. Pero sobre todo es necesario
normalizar la visión de estas ayudas técnicas en la vida diaria.
Es decir que para la mejor
utilización de las ayudas técnicas sería conveniente enseñar a mirar con
naturalidad, con asombro si cabe, con admiración si se quiere, una silla de
ruedas o un bastón de ciego.
Esta investigación “Saber mirar”
forma parte de un proyecto más amplio
“Apreciar la diferencia” que la Fundación Belén inició en octubre del 2000 como
fórmula para mejorar la integración
social del discapacitado: busca entender la diferencia como un elemento
enriquecedor. En una primera fase hemos investigado y publicado la percepción
de los jóvenes ante la discapacidad en 33 institutos de integración de la
Comunidad de Madrid con resultados muy estimulantes. En este caso hemos
realizado 320 encuestas en tres colegios y tres residencias de ancianos
realizadas entre los meses de mayo y junio del 2003. Ofreciendo los resultados
de este estudio psicosociológico sobre la percepción social en la Comunidad de
Madrid de tres tipos de ayudas técnicas: silla de ruedas, gafas especiales, y
audífonos en dos etapas muy diferentes de
la vida: la niñez y la ancianidad.
Entendemos que es necesario una toma
de conciencia sobre la percepción social hoy en el uso de las ayudas técnicas
para poder ofrecer una serie de medidas innovadoras capaces de mejorar no
solamente la integración de los discapacitados en la vida diaria, sino de
vivificar valores éticos en la vida social.
Cada persona es un mundo
diferente. Su sensibilidad está marcada por su propia herencia genética y su
particular y diferenciada circunstancia, que se amplifican y modulan en un
entramado de vigencias sociales comunes. Es en este común escenario
costumbrista en el que sí podemos actuar. En el lugar compartido, la plazuela
de costumbres y decires, en la calle del uso diario, en los medios de
comunicación, allí donde todos nos encontramos aunque a veces no nos
reconozcamos ni saludemos, ahí si somos todos protagonistas y a todos nos
incumbe hacerla más habitable.
Finalmente a todos los voluntarios
que nos han ayudado en la realización de las encuestas, a los directores de los
centros que nos han facilitando su compilación, a todos los ancianos y a todos
los niños que las han realizado ¡y cómo de bien¡ gracias, gracias y gracias. Y
gracias a la cordial acogida que desde un principio nos brindó la Directora del
CEAPAT quien se comprometió a publicar este trabajo. No hemos tenido más ayuda
pero hemos podido realizarlo. Gracias sobre todo a quien nos sugirió la idea y
a quien queremos dedicar este libro: a todas las madres que dia a dia siguen en
la brecha, sin rendirse jamás, de hacer usar a los suyos las ayudas técnicas.
La
Fundación Belén
Dra Margarita Revenga
El deseo de agradar a los demás está
presente desde el comienzo de las relaciones sociales. Lo que piensen nuestros
compañeros acerca de nosotros, resulta ser enormemente importante. La
aceptación por parte de otros tiene un gran efecto sobre nuestra autoestima y
con frecuencia, sobre nuestro éxito en la vida.
Los investigadores, preocupados por esta cuestión, han
diseñado técnicas sociométricas que ponen de manifiesto algunas de las razones
por las que unos niños resultan más populares que otros.
Independientemente de los rasgos particulares
que pueden influir en la elección de un niño. Por encima de otros, parece obvio
que los niños populares tienden a ser saludables y vigorosos, bien equilibrados
y capaces de tomar iniciativas; se puede confiar en ellos, son afectuosos y
originales en su forma de pensar. Poseen un concepto razonablemente positivo
acerca de sí mismos. Piden ayuda cuando la necesitan y aprobación cuando
piensan que la merecen; logran que otras personas se sientan a gusto con ellos.
Una explicación alterna es que el niño atractivo tiende a ser considerado más
favorablemente por los padres y por otros adultos y en consecuencia desarrolla
mayor autoestima y se convierte en una persona con la que resulta muy agradable
estar. Los estudios aludidos se centran fundamentalmente en el periodo
comprendido entre la infancia y la edad adulta pero, se podría hacer una
extensión en cuanto a la popularidad o impopularidad en la edad adulta tardía o
en la vejez.
Algunos
de los factores mencionados hacen referencia a la salud, a la fuerza física, al
aspecto exterior, sin embargo aluden también a aspectos de la personalidad que
no tienen una relación directa con el aspecto exterior, sino más bien con la
forma en que los niños establecen sus contactos y desarrollan sus afectos.
Vivimos
actualmente en una sociedad en la que predomina lo exterior sobre lo interior.
Concedemos demasiada importancia a nuestro aspecto físico, nos preocupa
demasiado lo que los otros puedan decir de nosotros. Educamos a nuestro hijos
con una proyección hacia el éxito, hacia el triunfo porque la vida está
concebida para “los mejores”. ¿Qué ocurre, por tanto, cuando debido a alguna
limitación física o psicológica nos vemos obligados a utilizar ayudas? ¿nuestra
imagen se deteriora? ¿nos aceptarán los demás con agrado? ¿nos rechazarán?...
Estos
sentimientos cobran especial importancia al llegar a la vejez ya que, gran
parte de la población mayor se ve obligada a utilizar ayudas técnicas como
posible remedio a sus limitaciones físicas. No debemos asociar la vejez con la
enfermedad, si bien hay que admitir la existencia de un proceso evolutivo (en
ocasiones involutivo) que lleva a modificar el estilo de vida. No debemos
considerarlo en absoluto como una degeneración de la juventud sino como una
etapa con características propias que requiere un periodo de adaptación.
El
proyecto de la Fundación Belén “Saber mirar” pretende, entre otros objetivos,
investigar acerca del incremento de dificultad que puede suponer para el
usuario de ayudas técnicas la mirada ajena y dada la mayor vulnerabilidad de
algunos periodos del desarrollo, se centra con preferencia en dos etapas bien
diferenciadas que son, los niños y los ancianos con el fin de poder llegar a
modificar las formas de “aprender a mirar”.
Cuando el niño nace, puede comprender o
percibir su existencia física pero no muestra conciencia de una existencia
psicológica independiente. A lo largo de la primera infancia diferencia los
estados psicológicos de la conducta y cree que los pensamientos pueden
controlar las acciones. En la infancia media, diferencia entre los sentimientos
y expresiones y la conducta. Al llegar a la preadolescencia cree que el sí
mismo representa un componente estable de la personalidad y supone que las
personas pueden observar y evaluar su yo interno. Finalmente, a partir de la
adolescencia llega a creer que el sí mismo no puede nunca conocerse
completamente porque algunos aspectos de la personalidad no pueden aflorar al
exterior.
En todo este sistema complejo que
representa el conocimiento de sí mismo, juega un papel muy importante la
percepción, es decir el llegar a comprender que existen independientemente de
los objetos y las personas que los rodean. Así, alrededor de los dos años, los
niños pueden mostrar una conciencia de sí mismos que queda de manifiesto por el
hecho de que comienzan a utilizar los pronombres mi, mío y por la utilización
de su propio nombre.
A medida que se produce una evolución en
sus capacidades cognoscitivas y emocionales, va cobrando importancia la conciencia
del niño, referida a su capacidad de independencia con respecto a los demás. El
niño comienza a tener en cuenta a un compañero de juegos a partir de los 18
meses y, aunque no comparte actividades con él, sin embargo observa sus
movimientos y trata de imitarlos. Un paso adelante se observa en las reacciones
que pueden mostrar frente al dolor de otra persona.
La adquisición del lenguaje contribuye de
manera decisiva a la autodescripción, que es un escalón más alto del autoreconocimiento.
En la primera infancia los niños se describen a sí mismos en función de
características físicas, posesiones o preferencias. En la infancia media (6-10
años) los niños comienzan a hablar de sí mismos utilizando expresiones que
pueden poner de manifiesto emociones y habilidades concretas. Asimismo
comienzan a establecer comparaciones sociales con otros, puesto que evalúan sus
capacidades o habilidades en relación con sus amigos o compañeros. Predominan
las autodescripciones positivas aunque, a menudo, comienzan a establecer
autoevaluaciones negativas, basadas sobretodo en limitaciones físicas o
diferencias con respecto a sus compañeros, que dan lugar a un sentimiento de
baja autoestima. En la adolescencia, las autodescripciones se refieren más bien
a opiniones referentes a situaciones reales o hipotéticas y en la vejez,
curiosamente, las autodescripciones se relacionan con frecuencia con carencias
y falta de habilidades (no tengo memoria, no veo...) y curiosamente los
ancianos se resisten a utilizar ayudas que les lleven a exhibir o hacer
patentes esas limitaciones por temor a que los demás constaten aspectos de sus
deficiencias que, prefieren, pasen desapercibidas.
Teniendo en cuenta la evolución hacia
reacciones cada vez más elaboradas, debemos subrayar especialmente en todo este
proceso el papel que juega la comparación social. Tanto los niños como
los adultos evalúan sus capacidades, al menos en parte, por comparación con las
de los demás. A través de la observación los niños descubren diferencias y esas
peculiaridades cobran importancia mayor
o menor en función del entorno que les rodea.
Cuando un niño o un adulto tiene una
discapacidad y el entorno contribuye a aceptarlo con esa limitación, no tiene
sentido el compararse porque los demás lo aceptan tal como es, no se cuestionan
cómo sería si no tuviese que utilizar ayudas especiales. Evidentemente, si
fomentamos la cooperación, el trabajo en grupo, el respeto por los demás en
mayor medida que la competitividad lograremos que esa comparación social se
oriente menos a la evaluación y más al reconocimiento de habilidades.
A medida que nos comprendemos a nosotros
mismos y elaboramos autorretratos cada vez más complejos, comenzamos a evaluar
nuestras propias capacidades y este aspecto de la evaluación del yo se denomina
autoestima. Las personas con una autoestima elevada se sienten satisfechas son
la clase de personas que son y admiten sus cualidades y sus defectos. Cuando,
por el contrario, la autoestima es baja, tienen una idea menos favorable de sí
mismos y suelen hacer hincapié en las deficiencias que perciben en vez de en
las cualidades que poseen este sentimiento acerca de las propias habilidades y
competencias, contribuye, en cualquier etapa de la vida a un mayor o menor
equilibrio y a un bienestar o malestar psicológico.
Cuando los adultos
pensamos en la autoestima, automáticamente inferimos una apreciación global de
nosotros mismos que nos permite establecer las cualidades y los defectos en
distintos aspectos de nuestra vida.
Hay que tener en cuenta que la autoestima
está muy vinculada a las influencias culturales. Las sociedades occidentales se
consideran sociedades individualistas en la medida en que valoran especialmente
la competencia y la iniciativa individual y tienden a resaltar lo que diferencia
a unas personas de otras. Sin embargo en algunas culturas orientales se valora
más lo colectivo y lo comunitario. Las personas son más cooperativas e
interdependientes y los grupos cobran una especial importancia en la medida en
que la propia identidad se halla estrechamente vinculada a ellos (especialmente
la familia). En algunas de estas culturas se valora especialmente la modestia y
consideran como una falta de adaptación la preocupación excesiva por uno mismo.
Esto pone de manifiesto que los valores y
las creencias de la propia cultura influyen enormemente en el tipo de concepto
del yo y, lamentablemente en nuestra sociedad no sólo está presente ese
individualismo sino que establecemos un sistema de competitividad en que se considera “lo más ...” como un valor
deseable y supuestamente alcanzable. Nuestra autoestima está, por tanto, muy
vinculada a la forma en que los demás nos perciben, perciben nuestra conducta y
reaccionan ante ella. Asimismo, en la medida en que la percepción social es
subjetiva, cabe señalar que nuestros sentimientos acerca de nuestra propia
competencia estén sujetos a la variabilidad en dichas percepciones.
Los padres y las madres desempeñan un
papel primordial en el desarrollo de la autoestima de sus hijos. Los padres contribuyen
a que el hijo construya una autoestima muy
positiva. El apoyo incondicional implica la aceptación incondicional de
sus hijos, con sus defectos y con sus cualidades.
Sin embargo, a
partir de los 5 ó 6 años los niños comienzan a reconocer sus diferencias al
comparase con sus compañeros de grupo. La comparación social puede ejercer un
efecto estimulante cuando se trata de aceptar al otro como modelo digno de
imitación. No obstante, se puede establecer una situación negativa, condicionada
por la percepción de desigualdad en la medida en que un niño llega a ser
consciente de algunas limitaciones originadas por determinadas discapacidades.
Las actitudes y
creencias hacia la discapacidad son determinantes en el proceso de adaptación.
En la infancia puede producirse un factor de sorpresa o perplejidad ante el
hecho de que un compañero o compañera se vea obligada a utilizar algún tipo de
ayuda técnica. En nuestro estudio hemos
podido observar que la reacción de los niños frente a las ayudas no es en
absoluto de rechazo. Demuestran una tendencia mayor al cariño las chicas, y ,
lo más significativo es que la idea de rechazo disminuye con la edad, lo cual
indica que es una buena conducta aprendida. A las chicas les preocupa más la
mirada del otro y esta inquietud aumenta con la edad, mientras que a los chicos
les preocupa más cómo se ven a sí mismos.
En cuanto a las personas mayores, en
principio, otorgan menos importancia a la mirada ajena que a las barreras
arquitectónicas. Los hombres se muestran más sensibles a la mirada ajena y, en
general los usuarios de ayudas técnicas se sienten, a menudo reacios a aceptar
los sentimientos que provocan en los demás. Esta apreciación cobra mayor
importancia en las mujeres. Es decir, en el hombre, influirá más la mirada
del otro, mientras que en la mujer tendría más repercusión los sentimientos
que despierta en el otro el hecho de verse obligada a utilizar ayudas técnicas.
Desde la psicología social se han llevado
a cabo numerosas investigaciones con el fin de analizar las actitudes
hacia las personas con algún tipo de discapacidad. El resultado del
establecimiento de actitudes incorrectas es la creación de prejuicios
negativos. Un programa exhaustivo de entrenamiento en habilidades sociales
permitiría desarrollar actitudes que se traduzcan en que las personas con
necesidad de ayudas técnicas sean percibidas de modo positivo, en lugar que
negativo. En este sentido, cobran especial importancia los juicios basados en
informaciones distorsionadas o incompletas.
Pero un cambio de actitud requiere la
conjunción de distintos elementos y la necesidad de una proyección temporal a
no muy corto plazo. Uno de los aspectos que deberíamos afrontar es el de las
competencias. Los niños, en los comienzos de la escolaridad, son capaces de
apreciar cualidades externas en el otro y se forman un juicio en virtud de las
competencias que el otro es capaz de demostrar. La psicología evolutiva ha
puesto a nuestro alcance estudios que demuestran que, a medida que avanzamos en
nuestra evolución psicológica, vamos desarrollando estrategias que permiten
realizar valoraciones internas que permiten explicar la conducta de los demás.
Pues bien, en la actualidad se producen distorsiones de manera que al juzgar a
una persona mayor necesitada de ayudas técnicas nos sentimos impulsados a
emitir un juicio negativo basado en las carencias que esa persona aparenta, en
lugar de valorar las capacidades que aún puede conservar.
El prejuicio negativo está muy vinculado a la idea de perfección,
de éxito y de poder que configura lamentablemente a nuestra sociedad. La
persona con discapacidad puede llegar a percibir la mirada del otro
desaprobatoria o compasiva porque se le juzga en función de sus carencias, no
de sus habilidades. La comprensión y aceptación del otro están muy ligadas al
desarrollo cognitivo. La noción de amistad evoluciona en el niño, desde un
egocentrismo hasta una perspectiva armónica y recíproca. Pero además, se
requiere una experiencia social positiva, que permita desarrollar actitudes
adecuadas a esa idea de respeto y reciprocidad. Cuanta más experiencia con los
iguales tengamos, más motivados nos sentiremos a entenderlos y más entrenados
estaremos para captar y aceptar las causas de sus conductas. La cognición
social y la experiencia social se desarrollan en sentido recíproco y no puede
avanzar una sin la otra. Las habilidades sociales hacen más atractiva y querida
a una persona y ello aumenta la probabilidad de ser aceptado por los demás. Una
exposición prolongada a personas que muestran algún tipo de discapacidad,
incrementa la conciencia y la comprensión por parte de los otros y no tiene
efectos sobre las creencias negativas manifestadas hacia esas personas.
La credibilidad es otra característica
importante en las personas con discapacidad, que puede incrementar su
aceptación. Es decir, las personas con discapacidad son valoradas como más
sinceras cuando hablan acerca de sus discapacidades y las repercusiones que se
derivan. En la medida en que pueden hablar de ello, se ven más proclives a
aceptar ayudas técnicas y la reacción que provocan en el otro es una mayor
aceptación.
Otro aspecto interesante resulta del hecho
de que la discapacidad física genera respuestas más positivas en el otro que la
discapacidad mental. El aseo y la apariencia correcta contribuyen a una mayor
aceptación. Una de las preguntas que formulamos en nuestros cuestionarios hace
referencia a un posible cambio en el diseño de las ayudas y, en concreto, los
niños, aportan ideas francamente creativas.
Si la persona con
discapacidad es capaz de hablar de sus deficiencias de manera positiva,
mostrando autoaceptación, tiene mayor probabilidad de ser aceptada
positivamente por los demás.
Existen además actitudes preestablecidas a
la hora de mirar al otro que contribuyen a la formación de valoraciones
negativas. Las personas que creen que las discapacidades constituyen una parte
muy importante del individuo, es más probable que perciban negativamente a
alguien con discapacidad. Quienes se centran más en la persona y ven la discapacidad como algo secundario, tienden a
desarrollar actitudes y creencias mucho más positivas.
El proyecto de la Fundación Belén abre las
puertas a posteriores investigaciones ya que aún queda mucho por hacer. Sin
embargo, es un paso importante en el camino hacia la aceptación de las ayudas y
hacia la aceptación incondicional del otro, en un mundo que avanza cada vez más
hacia un tipo de población mayor.
Nos atrevemos a
sugerir algunas cuestiones que pueden contribuir a modificar la mirada del
otro, a Saber mirar:
·
La formación y la experiencia pueden
influir en las actitudes sobre la discapacidad.
·
Algunos estudios sugieren que cuanto mayor
sea la semejanza entre las personas, mayo será la probabilidad de que se vean
de modo positivo.
·
La interacción entre las personas con y sin
discapacidad puede originar actitudes positivas o negativas. En este caso
debemos tender hacia una interacción cooperativa, no competitiva entre personas con y sin
discapacidad, con el fin de conseguir una mayor aceptación.
·
Los contextos asimismo juegan un papel
importante por esta razón hemos de ampliar enormemente nuestras expectativas
para facilitar una aceptación generalizada a distintos contextos y situaciones.
En resumen, para APRENDER A MIRAR, para formar
actitudes positivas hacia la integración es conveniente desarrollar programas
que tengan en cuenta tanto a estas personas que muestran alguna discapacidad,
como a personas que no muestran limitaciones y en determinados contextos
sociales en los que se pueda interactuar. El progreso tecnológico debe ayudar
al progreso social. EL reconocimiento y la aceptación del otro debe formar
parte del progreso porque lo humano abarca por igual a todos. No podemos alejar
de nosotros mismos la idea de déficit puesto que tenemos la obligación social
de aceptarlo viendo sus compensaciones. La transmisión por parte de los padres
de creencias, valores y juicios negativos repercuten de forma también negativa
en la aceptación del diferente. Los medios de comunicación de masas tienen
asimismo mucho que aportar en la eliminación de estereotipos. Uno de los
mayores problemas que debemos afrontar no es la discapacidad en sí misma, sino
las actitudes que mostramos hacia ella.
EL
DISTINTO EN LA LITERATURA
Enriqueta
Antolín *
A los
trece años me enamoré por primera vez. O quizás no. Quizás no sea justo llamar
amor a lo que, aunque se vestía con los mismos ropajes, sólo ocultaba una
admiración sin límites por aquel primo carnal poco mayor que yo con el que
compartía unos días de verano en la casa de campo de los abuelos. Me recuerdo
cerrada con llave en el dormitorio anticuado, desnudándome morosa frente al
espejo. Me veo deshaciéndome las trenzas, dejando caer lánguidamente las
hombreras del camisón de encaje, adoptando posturas supuestamente adultas,
ingenuamente seductoras. Y entonces, por sorpresa, sonó el piano.
Mi
primo era, en efecto, pianista. Vivía lejos, en otra ciudad en la que había
conservatorio. Nos veíamos poco, pero su nombre y sus progresos estaban en boca
de todos. Iba a ser el mejor, decían los mayores, iba a ser famoso y conocido,
ya empezaba a serlo, ya había tenido un premio, ya había compuesto un Ave María
hermosísima y en él pensaba la adolescente que se miraba en el espejo cuando a
modo de saludo llegó la música desde la habitación contigua.
* (Enriqueta Antolín es autora de las novelas La gata con alas; Regiones devastadas; Mujer de
aire y Caminar de noche. Del
libro de conversaciones con Francisco Ayala Ayala
sin olvido,s y de las novelas juveniles Kris
y el verano del piano; Kris y su
panda en la selva y Kris y los
misterios de la vida. Todos sus libros han sido publicados por Alfaguara.
En el otoño de 2003 ha publicado con la misma editorial Cuentos con Rita).
Yo,
intimidada, me escondí bajo las sábanas, apagué la luz y a la mañana siguiente
frente al desayuno compartido rehuí los ojos guasones del artista. Luego la
abuela nos dio una lista de compras y los dos salimos juntos camino de la
tienda de ultramarinos. Pero antes mi primo me pidió que le esperara y fue a
buscar su bastón. Porque mi pianista era cojo, y toda su vida llevó un bastón y
un corsé que le hacía parecer jorobado. Ya por entonces yo era más alta que él.
Si
cuento ahora este pequeño secreto de mi biografía es porque alguien, tantos
años después, me ha pedido que hable del distinto
en la literatura. Y me lo ha pedido porque, al parecer, ese distinto, está presente en todas mis
novelas para adultos y, más notablemente, en mis novelas juveniles. Sería
absurdo que yo dijera que no me había dado cuenta. Por supuesto que soy
consciente de ello. Pero lo que sí puedo decir es que esa inclusión en mis
mundos ficticios de personas con alguna diferencia no ha sido calculada. No
puedo decir porque mentiría que me he propuesto que el Niño Violinista -que
así, con mayúsculas, es como aparece el primer amor de la protagonista de mi
trilogía- lleve una bota ortopédica como reivindicación de ningún colectivo.
Tampoco sería justo que presumiera de haber incluido con intenciones didácticas
en la pandilla de mis novelas juveniles a Lluis, el chaval valenciano de padres
guineanos al que algunos llamarán negro como un insulto, o a Federico José, que
mientras todos bailan en la fiesta de cumpleaños permanece sentado tocando la
armónica porque sus piernas son dos fardos inútiles que el muchacho arrastra a
base de muletas. Lo cierto es que unos y otros están ahí por derecho propio;
porque están realmente en cualquier colectividad, porque ninguno de los
lectores de mis libros o de este artículo puede decir que en su entorno no hay
alguien distinto. En el mío, desde luego, los ha habido y los hay, pero mi
mirada no los discrimina. Por eso se han metido con toda naturalidad en mis
historias, tanto en las que escribí para jóvenes como en las que hice para los adultos.
Y aunque hablo en pasado, debo añadir que lo mismo hago y haré en presente y en
futuro, porque lo cierto es que esa especie de ceguera mía para la diferencia,
esa aceptación de la dificultad del otro con absoluta naturalidad, se las debo
a mi vecino de habitación en casa de los abuelos.
A
pesar de eso debo confesar que han tenido que ser otros los que me hicieran
notar que esa inclusión del diferente en mis mundos literarios constituye, si
no una excepción, al menos una rareza. Cuando me lo dijeron, cuando alguien me
habló de que en la literatura –y especialmente en la literatura juvenil- nunca
o casi nunca el protagonista era alguien marcado, lo negué. Tan extraño, tan
absurdo me parecía el caso, que quise rebatir el argumento con ejemplos... y no
fui capaz de dar con ellos. Claro está que todos hemos leído alguna historia en
la que la hermosa niña resulta ser ciega, o la doncella lánguida oculta bajo
las faldas largas unas piernas sin vida. En unos y otros casos –y no
casualmente- algún enamorado desafía al aciago destino y lucha por lograr la
curación de la amada. O, dicho más crudamente: el ansiado “final feliz” pasa
por lograr la inserción del diferente en el gremio de la mal llamada
normalidad.
Pero
decía que me sorprendió desagradablemente la comprobación de que, en efecto,
los escritores rehuyen en general la inclusión de personas distintas en sus
historias, y lo cierto es que desde el momento en que acepté que eso que a mí
me parecía un despropósito era perfectamente real, empecé a leer de otra
manera. Viví, y aún vivo desde entonces, una situación semejante a la de quien
le diagnostican una enfermedad de la que nunca había oído hablar, y descubre
asombrado que su vecino padece el mismo mal y que la cuñada del compañero de
mesa en el trabajo superó idéntico problema gracias a un tratamiento novedoso.
Ahora, cuando empiezo a leer una novela, mis ojos buscan ansiosos en la
descripción de los personajes algún problema físico o psíquico. Raramente la
encuentro, lo confieso. Los protagonistas pueden ser canallas, fracasados,
ninfómanas o asesinos en serie, pero ahí se acaban todas las diferencias. Y, lo
que es aún peor: si aparecen una silla de ruedas, unas muletas o unos gafas
negras, no serán casi nunca un elemento más. Esos objetos serán protagonistas
por sí mismos, encubridores de la personalidad de quién los porta.
Una
personalidad que, por otra parte, aparece definida de antemano de una forma
burdamente convencional. En literatura el distinto es siempre un personaje
extremo. O rezuma bondades hasta el hastío o, por el contrario, es un compendio
igualmente aburrido de maldad. La diferencia física o psíquica es tratada
habitualmente como un asunto determinante, hasta el punto de que si aparece una
mujer privada de visión ya no importa ni su feminidad, ni cómo le va la
relación con su hombre, ni los problemas de sus hijos o de su trabajo. No es
para hablar de asuntos semejantes para lo que ha sido convocada a las páginas
literarias. Ha sido convocada única y exclusivamente en su condición de ciega.
Suena
hasta mal y soy consciente de ello cuando lo escribo. Pero a esa conclusión he
llegado y estoy convencida de que a nadie le estoy descubriendo un mundo nuevo.
A pesar de todo quisiera romper una lanza en favor de los escritores. Nosotros,
finalmente, formamos parte de la sociedad en que vivimos. Nada, excepto la
capacidad de crear mundos ficticios con palabras, nos diferencia del resto.
Tenemos por tanto los mismos prejuicios enraizados, sufrimos las mismas
carencias y el mismo miedo que tienen todos los demás a mirar de frente al que
no es como nosotros y, o bien intentamos ignorarlo o, en el mejor de los casos,
le tratamos con la más absoluta falta de naturalidad. No es una excusa, por
supuesto: es el reconocimiento de una carencia. Ojalá iniciativas como esta nos
ayuden a todos a conseguir una mirada crítica, un arrepentimiento y una
determinación –que no un simple propósito- de verdadera enmienda.
UNA
MIRADA SINTIENDO UN CUADRO ABSTRACTO
Monserrat
Paláu, pintora
El
abstracto como movimiento artístico nace con la necesidad de romper con todas
las tendencias conocidas, como muestra de libertad creativa absoluta, total.
Existe
muchas opciones artísticas, la abstracción no trata de representar nada y
aporta a su vez otros muchos valores.
Es la
expresión de la imaginación sin trabas, pero hay que presumirle una calidad en
sus objetivos, una intención de desarrollo de las cualidades humanas, de
riqueza espiritual, una seriedad en sus conceptos creativos técnicos, porque no
todo vale. Creo que, en base a esto, los artistas no deberían “auto copiarse”,
las complacencias mercantiles acaban con el significado más puro de esta
libertad. La pereza creativa es un mal compañero, la autocrítica es la mejor
aliada. Hay que dejar volar la imaginación y nutrirla, trabajar aportando tus
mejores talentos, buscar siempre ese estado de ánimo que hace que cada vez que
te enfrentes con un lienzo en blanco sepas lo que te está pidiendo que cuentes.
La
primera vez que tomé por asalto las brochas y los pinceles y me enfrente a la
idea de pintar un lienzo en BLANCO, empecé llenando de color, colores tal cual,
a lo bestia, la sensación me agrada, pero el resultado no. Allí no había nada.
Nada de nada, nada concreto, nada sin concretar, solo cierta ingenuidad sin
mas…y es que no todo vale. Seguí manchando, color, buscando más y más, una
intención, una magia, buscando composición. Este segundo elemento componer,
equilibrar, es importante, me permite entrar a dirigir y perseguir un
resultado, una idea, desarrollar una historia, un sueño, un cuento que plasmar,
transmitir.
Muy
poco a poco se fueron volcando a borbotones, sin mucho orden, ideas,
impresiones visuales, la memoria de las sensaciones recogidas en mis paseos por
el campo, por la primavera, por el otoño, por mirar con curiosidad, sin dejar
pasar por alto aspectos cotidianos, cercanos, sin importancia.
Surgió
“el mátiz”. El mátiz ganó toda su importancia, toda la fuerza que tiene para
concretar, para aclarar. Hay que esforzarse por recoger matices, almacenar en
la memoria visual todo, porque siempre habrá un momento en el que tendremos que
recurrir a los detalles para saborear situaciones ya pasadas y necesitaremos
los matices.
Y todo
está cargado de matices, hay tantas sombras de árbol¡, hay tantos tonos de
musgo¡ hay tantos colores en los frutos¡ en los arbustos, y en la hierba…la
hierba es un pozo sin fondo en el que investigar y hay que estar al tanto para
no perdérselo, renovándose cuatro veces al año con cada estación. Sólo hay que
entornar los ojos y dejarse envolver, dejarse mecer, como si estuvieras delante
del mar, dentro del mar.
Las
sensaciones, esas sensaciones quería trasladarlas al lienzo, pero no es nada
fácil para mí, transmitir ideas sin abrir la boca, sin largar. Así que
manejarme con estos materiales no fue sencillo. Pretendo conseguir que cada
elemento que forma parte de un cuadro tenga un estar justificado, un estar
justo ahí y no un poco más allá o más abajo o más nítido, o menos real, tenga
un espíritu, una magia.
El
color siempre lo matizo, lo rebusco, quiero que él mismo exprese un sentimiento
de alegría, de juego, de lejanía, de olvido, de importancia, de presencia. Las
transparencias recrean un ir y volver, un sueño, la luz.
Aparecieron
los esquemas, los signos de cosas. Los trazos libres sin estar forzados por
significar, solamente por entrever, por asomarse a algo que parece ser…miradas
subjetivas a realidades, nada es blanco o negro, nada es una silla concreta,
una cometa concreta, una caja concreta, todo es imaginación, creatividad,
intuición primitiva, rasgos básicos, todo es esperanza de poder ser para el que
sabe ver.
En el
momento en el que empiezo a conseguir lo que busco, porque no siempre me es
fácil, a intuir que allí hay “algo”, me entra como un nerviosismo interior, un
regustillo de inquietud, una intranquilidad yo diría que hasta física muy
difícil de explicar. Es como una sensación de felicidad de la que necesito
hacer participar a alguien, decirle que lo estoy encajando, que me gusta lo que
veo, que estoy encantada…El único que tenía una paciencia enorme y además
comprendí, porque el también pintaba, era mi padre, le llamaba… “si vieras qué
cuadro más bonito¡, nos reíamos mucho, echo de menos sus ánimos.
A
través de mi imaginación quiero transmitir un estado de animo sencillamente
feliz, dispuesto a agradar, a apaciguar. De manera que buscando un equilibrio
en la composición, un cromatismo relajado, unos signos, unas transparencias
perseguidas, una sensibilidad, cuenten una historia que no sea cerrada, cautiva por sus propias formas; si no abierta
a los sentidos, a la intuición de cada cual.
Porque
lo que espero es que al tener delante de la vista mi cuadro, esa persona busque
elementos que reconoce sin que casi se materialicen, que intuya sensaciones
porlas que ya ha pasado quizá hace tiempo y las tenga olvidadas, que cree a su
vez su propia historia, que pregunte, que se responda, que adivine, que
imagine, que le agrade lo que ve y sonría.
Como
todo lo que la creatividad produce hay también que estudiarlo, analizarlo, acostumbrarse
a ver. Ver mucho y muy variado, ver con los sentidos abiertos para captar un
significado o intuir una sensibilidad. Ver para conocer mas. Ver para
distinguir lo que si nos gusta de lo que no, ver para descubrir lo que nos dice
algo de lo que no. Ver para saber lo que nos conmueve, o lo que nos desagrada.
Ver, ver, ver.
Es así
como podemos establecer nuestra conexión con las obras abstractas, como
reconocemos lo que nos deja poso y nos sugiere algo, de lo que nos deja frios,
de lo que está plano, hueco, vacio.
Porque
no todo vale. Así matizamos, establecemos nuestro criterio, nos divertimos
viendo, abstrayendo el espíritu con esa creatividad que nos gusta o no, pero
que ahora no nos tienen que dejar indiferentes.
Sufrimos
un continuo bombardeo de imágenes, se cuelan en nuestras vidas y lo que es
peor, entran a formar parte de ella, incorporándose sin que podamos
seleccionar, mitigar, desechar…es muy difícil por es te motivo, entre otros
muchos, que algo nos sorprenda, que ralentice nuestra mirada, que nos haga
volver a “ver” llamando primero a la puerta de nuestra atención, para después
descubrirnos lo que estemos dispuestos a captar en esa imagen, cuadro, paisaje,
situación, vida. Porque el interés que despierten
en
cada uno de nosotros las “cosas”, depende fundamentalmente de nosotros. Es un
proceso innato al principio, que con el tiempo puede acorcharse. Para eso se
fomenta y educa la capacidad de ver. Debe ser una prioridad que poco a poco se
fortalezca la base emocional y sensible que nos permita ser un receptor y actor
de nuestra propia vida, una virtud esencial para disfrutar y desarrollar
nuestra personalidad haciéndola mas plena, mas capaz.
Monserrat
Paláu
Madrid
10 de octubre de 2003
Proyecto
“saber
mirar”
INFORME
DE RESULTADOS
PERSONAS
MAYORES
Los
estereotipos sociales negativos sobre la gente que se encuentra en la edad
adulta tardía afectan a sus sentimientos hacía sí mismos.
La vejez puede tener
tanto que ver con la salud como con los años de vida.
La inteligencia fluida, que tiene relación con la
habilidad para resolver problemas, ciertamente disminuye con los años, pero la
inteligencia cristalizada basada en el aprendizaje y la experiencia no
disminuye. El funcionamiento intelectual está marcado por la susceptibilidad a
las influencias culturales y ambientales.
Algunos sentimientos prevalecen, hay una nueva
noción del tiempo y aquellos ancianos que se sienten bien tienen oportunidad de
demostrar sus capacidades y sienten que tienen control sobre sus vidas. Son los
más propensos a tener un autoconocimiento firme que les ayuda a superar las
dificultades. La necesidad de superar la preocupación por la condición física
les lleva a encontrar otras satisfacciones en compensación. Cuando se orientan
a las relaciones con la gente y hacia actividades que no demandan una salud
perfecta pueden superar las incomodidades físicas.
1.- Descripción
de la muestra
En este estudio han participado 95 sujetos: 65 varones (68,4%) y 28 mujeres (29,5%) con una edad media de 81 años, distribuidos según edades de la siguiente manera:
Edad (años) |
Sujetos |
Porcentaje |
|
≤ 60 |
5 |
5,4 |
|
60-70 |
28 |
29,5 |
|
≥80 |
58 |
61,1 |
Se han realizado análisis descriptivos de los resultados para las distintas variables estudiadas, de los que se presentan los siguientes gráficos:


2.- ¿Desde hace cuanto
tiempo utiliza Ud o conoce a alguien que utiliza ayudas técnicas (silla de
ruedas, andador, bastón...)?
Prácticamente 7 de cada diez encuestados son usuarios de algún tipo de ayudas técnicas o conocen a alguien que las utiliza –68,4%-, lo que conlleva un alto porcentaje de personas que podrán responder al resto de preguntas formuladas con su propio conocimiento, reflexión y experiencia.
El 66,3% de los encuestados lleva más de 3 años con estas ayudas, de forma que su experiencia sobre las mismas es sólida y conocen bien sus limitaciones y posibilidades de movimiento gracias a las mismas.
Þ Independientemente de la
edad, es muy frecuente que las personas usen ayudas técnicas para su
desenvolvimiento diario.
El uso de estas ayudas suele suponer una dependencia a
largo plazo de las mismas.
3.- Si tuviese Ud que
utilizar, o si utiliza Ud las ayudas técnicas, ¿qué le resultaría más difícil?
En términos generales, los encuestados afirman que lo que más difícil les resultaría, por encima de todo y con bastante diferencia, es la superación de barreras arquitectónicas. Este hecho nos deriva a la inevitable reflexión de que las ciudades siguen teniendo enormes dificultades físicas para las personas con dependencias de ayudas técnicas. Escaleras, bordillos, aparcamientos indebidos y un largo etc condicionan la vida en el entorno urbano, pero tampoco las viviendas están lo adecuadas que debieran a las necesidades personales: armarios demasiado altos, puertas estrechas para el acceso de sillas de ruedas, ascensores con botones inaccesibles...
La segunda dificultad marcada radica en que a las ayudas técnicas haya que aceptarlas como algo necesario; el deterioro físico, las dependencias... conceptos que hay que asimilar, pero que no son fáciles y que condicionan la vida personal hasta que se “ve la luz”. Por eso, íntimamente ligado a esta dificultad surge la dependencia como la tercera dificultad potencial más sobresaliente.
El cansancio físico y la aceptación de la propia imagen alcanzan unos valores menos destacados y, en último lugar, aparece la mirada ajena como el concepto que menos preocupa a estas personas. Verse en los ojos de los demás importa mucho menos que la imposibilidad de poder hacer la vida cotidiana de la forma más independiente posible.

Por sexo, lo que resulta más difícil son las barreras arquitectónicas y especialmente a los hombres. De los seis valores propuestos, sólo dos alcanzan cotas más elevadas entre las mujeres: aceptarlas como algo necesario y la mirada ajena; otras dos cuestiones tienen una mayor incidencia entre los hombres: la dependencia que implica y el cansancio físico. Por último, la propia imagen la valoran de forma coincidente unos y otras.
El gráfico arroja para las mujeres una línea donde todos los valores alcanzan dimensiones más moderadas, mientras que el perfil masculino es más diametral: unos aspectos les resultan muy difíciles mientras otros no lo son en absoluto.

Por edad, lo más destacable es lo poco que importa la mirada ajena a los menores de 70 años y la importancia que en ambos grupos de edad (70 años y 80 años y más) se dan a las barreras arquitectónicas.
A mayor edad todas las dificultades tienden a igualarse; el uso de ayudas técnicas se ve en sí mismo como una dificultad, dificultad inevitable porque es una ayuda útil, pero cuya existencia y lo que conlleva no es demasiado fácil de aceptar.

Independientemente del tiempo que lleven utilizándose las ayudas técnicas, lo que más difícil resulta es una vez más la superación de las barreras arquitectónicas.
Los usuarios que llevan más de cinco años utilizando ayudas técnicas en lo que menos dificultad encuentran es en el cansancio físico; quizá se deba a que ya están muy acostumbrados a esas ayudas y hayan aprendido formas de moverse con sillas, andadores, etc sin gran esfuerzo. Los que llevan entre 3 y 5 años siguen un comportamiento similar a la gráfica de los más veteranos, pero suavizando los puntos de inflexión.
La línea más diferenciada es la de aquellos que sólo llevan entre uno y dos años de uso de ayudas técnicas; son los que menos reparan en la mirada ajena y en las barreras. Posiblemente en estas personas prevalece el corto espacio de tiempo de uso, insuficiente aún para valorar con más capacidad el resto de variables que más afectan a los veteranos: barreras, mirada ajena y propia imagen. Por el contrario, el cansancio físico para ellos y en comparación con los otros dos grupos, alcanza la cifra más alta de la gráfica, porque aún no se hayan adaptado al andador, silla de ruedas, etc
Þ La superación de barreras arquitectónicas es la principal dificultad
con la que tropiezan los potenciales usuarios de ayudas técnicas.
Para los hombres y los usuarios más antiguos de las
ayudas, esa es la principal dificultad, mientras que para las mujeres las
dificultades, en general, quedan más matizadas.
A mayor edad disminuye el efecto crítico de la
mirada ajena.
4.- (Sólo para usuarios)
Cuando los demás le miran, ¿qué expresión le afecta más? y (Sólo para no
usuarios) Cuando Ud observa a alguien que utiliza ayudas técnicas, ¿qué le
sugiere?
La imagen de un usuario de ayudas visto por quienes no las utilizan se llena de sorpresa, compasión y, sobre todo, de cariño. En definitiva, una imagen que no se puede evitar, que llama la atención y para la que nacen sentimientos de protección, de ternura.
Lo que resulta curioso es
comparar ambas gráficas y ver la oposición, salvo con respecto a la compasión,
de los sentimientos hacia las personas que usan ayudas técnicas por parte de
quienes hacen uso de ellas y por parte de quienes no las necesitan. Si acaso
estas personas pueden sugerir sorpresa, admiración, cariño o distanciamiento
–este último es muy escaso-, siempre es mayor por parte de quienes no requieren
estas ayudas, mientras que, dato curiosísimo, producen rechazo y/o admiración
con más frecuencia en personas que sí las usan. 
Cariño, rechazo y sobre todo, compasión son los sentimientos que más afectan al usuario de ayudas cuando son otros los que le miran.
Es curioso que aparezca la idea del rechazo cuando en el caso anterior la imagen que se proyecta produce cariño. Cabe entender que los afectados por las ayudas técnicas tengan recortada su autoestima.

Por sexo, en todas y cada una de las variables planteadas son las mujeres usuarias de ayudas técnicas las que más sienten todo, sean sentimientos positivos o de rechazo. En sus sentimientos hay un mayor apasionamiento.
Las líneas gráficas de ambos sexos sufren un trazado similar, donde la compasión es lo que más afecta al usuario de ayudas y donde la sorpresa y el distanciamiento alcanzan cotas mínimas.

El valor del tiempo en el uso de ayudas técnicas es un referente muy importante; a mayor tiempo más afectación de todas las variables planteadas, salvo en el caso de la admiración, donde el grupo de 3 y 5 años de antigüedad adquiere un valor más alto.
El sentimiento de compasión que puedan producir en los demás es lo que más afecta a los tres grupos estudiados y muy especialmente a los más veteranos.
La experiencia en este tipo de ayudas no es el elixir para superarlas, sino que cada cual sigue sintiendo hondamente todo aquello que presume piensan los demás de él.
Quienes menos tiempo llevan usando estas ayudas técnicas son los que menos afectados parecen por la impresión que puedan causar, con la excepción del rechazo y la compasión.

La siguiente gráfica es muy interesante; en ella se reflejan las reacciones hacia los usuarios de ayudas técnicas tanto de quienes también las usan como los que no. Sólo coinciden dos valores: compasión y distanciamiento, que alcanzan los valores más altos –compasión- y prácticamente más bajos –distanciamiento- del conjunto.
Quienes las usan ven a sus pares de iguales con escasa sorpresa, admiración y distanciamiento, mientras que para quienes no las usan la sorpresa, admiración, compasión y cariño tienen valores por encima de la media; posiblemente haya una idealización no contrastada por la falta de información de lo que suponen las ayudas; porque quienes las usan donde más hincapié hacen es en el rechazo, la compasión y el cariño.
Prejuicios, proyecciones personales y deformaciones de la realidad confluyen en estas imágenes.

Por sexo, lo que sugieren a la persona que no usa ayudas quienes sí las usan sigue un comportamiento bastante similar, pero menos acentuado en todos los valores para las mujeres. Destaca sobremanera la impresión de cariño que se produce en los hombres y el mínimo rechazo que reflejan las mujeres; el resto de variables, como decimos, son bastante similares.

En resumen, los usuarios de ayudas técnicas se sienten a menudo reacios a aceptar algunas de las sensaciones que provocan en los demás: lo que más les afecta, con enorme diferencia, es el hecho de provocar compasión, mientras que sentimientos ajenos como la sorpresa, la admiración o el distanciamiento tienden a afectarlos francamente poco. No obstante, salvo en cuanto al distanciamiento, las mujeres suelen ser más sensibles a estas expresiones, si bien es usual que, con el paso del tiempo, vayan afectando con más ímpetu en la persona discapacitada.
Sorpresa,
compasión y cariño son los valores más destacados de la imagen que produce la
persona que usa ayudas técnicas.
Þ
Las miradas de los “otros” afectan. Al que ya usa andador, silla, etc
ver a otro congénere en su situación le conduce a la compasión, al cariño y al
rechazo, mientras que las personas sin dependencias físicas ven a los usuarios
con cariño, admiración y sorpresa.
La mujer
es más radical en sus sentimientos al ser observada.
A mayor
tiempo de uso de ayudas técnicas mayor afectación de lo que suponen.
5.- Desde que utiliza Ud las
ayudas técnicas, ¿cómo se siente?
En términos generales, las ayudas técnicas proporcionan, en orden creciente, los siguientes sentimientos: tristeza, paciencia, comprensión, alivio y seguridad, si bien tenemos en cuenta que los valores positivos aparecen con más frecuencia en los hombres que en las mujeres y que la tendencia dominante es a aumentar con la experiencia en su utilización.
Salvando el sentimiento de tristeza que en la gráfica tiene un valor muy bajo, -el más bajo-, y que a ojos de quienes no usan las ayudas podría ser un valor más alto, el resto de los valores tienen un comportamiento lógico y constructivo. Las ayudas producen seguridad, alivio y además hace a sus usuarios más comprensivos, entendemos que para todo tipo de cuestiones que se puedan plantear a su alrededor.

Por sexo, los valores de alivio, seguridad, paciencia y compresión son más acentuados entre los hombres. En las mujeres lo que más destaca es que se sienten muy tristes en comparación a los hombres.
Los hombres se sienten con unos sentimientos más positivos que las mujeres a las que pesa como decíamos la tristeza, mientras que al resto de valores los sitúan en valores intermedios, sin tanto apasionamiento como los hombres.
La mujer cambia mucho en sus sentimientos de ser usuaria de ayudas técnicas –donde sufre más- a no serlo, -como veíamos en el apartado anterior-, donde es menos radical.
